El pasado nunca se olvida |Auto.|

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Mensaje por Invitado el Sáb Jun 24, 2017 1:02 pm

05:30 h.

Esa era la hora que marcaba el reloj situado en el aparador. Hora a la cual el local cerraba sus puertas para dar un merecido descanso a todos sus trabajadores. Poco a poco, los clientes iban abandonando el establecimiento, mientras que nuestro demonio permanecía observando las manecillas del reloj moverse, aguardando el momento oportuno para atender un descabellado asunto que se traía entre manos. Frente a él, en el suelo, se hallaba una carta proveniente de una familia adinerada ya conocida. Al leer el contenido de dicha carta, un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Era como volver a ese momento clave de su vida, pero desde el punto de vista contrario. No obstante, no era el primer caso, sino más bien el segundo. Cuando se dedicaba a esta actividad ya le sucedió.

Al igual que alguien que perdió los papeles, comenzó a carcajearse en silencio, cubriéndose el rostro con una mano. Y de repente la puerta de su habitación se deslizó, mostrando una alta presencia de cabellos rubios. El demonio de cabellos plateados desvió la mirada, percatándose del afligido rostro del muchacho y supo exactamente lo que se le estaba pasando por la cabeza.

Ya está todo despejado… —mencionó con voz dolida, manteniendo la vista y la cabeza gacha—. Me parece inasumible que hayas sido capaz… otra vez de hacer algo como esto…

Inasumible es que te hubieras quedado de brazos cruzados ante lo ocurrido —espetó con calma, mirando al contrario al tiempo que se levantaba del suelo, tomando la carta en sus manos—. Actúas en situaciones innecesarias y cuando debes hacerlo, como aquella vez, no reaccionas. Sé que quizá mis métodos no son los adecuados, pero no pienso dejarme pisotear por alguien así. Acompáñame, lo que ocurrirá en ese sótano te va a parecer irónico.

El demonio alzó la carta por unos segundos y la guardó en la manga de su yukata, sonriendo en una mueca difícil de descifrar. Cuando salió de su habitación no sólo Haru presentaba ese apenado rostro, sino también los demás trabajadores. El par de chicos que no se separaban observaban asustados al hombre, aferrándose el uno al otro. Yaichi, con seriedad y siendo perseguido por aquel muchacho de cabellos rubios, caminó sin dirigir la mirada a nadie, con su objetivo completamente claro. Permanecía con los brazos cruzados y con las manos ocultas en las mangas de su yukata. Su largo haori arrastraba por el suelo de madera, la cual crujía a cada paso que daban.

Descendieron las pequeñas escaleras que llevaban a la planta baja y se encaminaron hacia una pequeña sala que hacía las veces de despensa o trastero. El demonio levantó el tatami, adivinándose debajo de éste la puerta de una trampilla, que, sin mediar palabra, se agachó y la abrió. Sus pies descalzos hicieron crujir la madera de las escaleras conforme descendía y quedó sentado en el primer escalón. Ese crujido llamó la atención del asustado chico que se encontraba en aquella angosta y oscura estancia. Éste alzó la cabeza y trató de zafarse de las correas que limitaban su movimiento e impedían que escapase. Sus ojos se hallaban tapados con un jirón de tela.

¡Sacadme de aquí! ¿¡Cómo os atrevéis a secuestrarme, panda de imbéciles!? —gritó el chico inútilmente, el sonido no escapaba de aquella habitación gracias a la habilidad del demonio, sin embargo, la chillona voz del chico lo aturdió por unos instantes—. ¡Mi familia vendrá a por vosotros y os meterá en la cárcel!

El demonio permaneció en todo momento serio, sin retirar la mirada del muchacho. Ante lo último mencionado no pudo evitar romper esa seriedad con una risa suspirada, a lo que también cerró los ojos con suavidad. Esa actitud lo forzó a levantarse del escalón y dirigirse al muchacho, liberándolo de la oscuridad impuesta por aquel jirón de tela. Con delicadeza tomó el mentón del muchacho, obligándole a mirarlo y el demonio pudo observar la mueca de desconcierto al darse cuenta de quién era. Efectivamente, en todo el secuestro no se había dignado a mostrarse frente a él, como tampoco a dirigirle la palabra.

Cuánto tiempo, ¿verdad? —cuestionó con cierta impertinencia, sin apartar la mirada, sonriendo con un deje de maldad—. Es inútil gritar, nadie te va a oír, así como nadie va a venir a por ti.

¡Por supuesto que vendrán a por mí! —gritó de nuevo el chico, desesperado y tratando de zafarse del amarre—. ¡Mis padres vendrán a por mí y pagarán el dichoso rescate!

¿Tus padres? ¿Los mismos que han escrito esta carta? —Y sacó l carta de la manga de su yukata, abriéndola para dejarla frente al muchacho y que leyera lo escrito en ésta—. No te sacarán de aquí, no te quieren. ¿Quién va a querer a un ser despreciable como tú que pisotea y humilla a los demás sólo por tener más dinero? Supongo que no se puede esperar otra cosa de un niño mimado, que consigue todo a base de humillación y hace lo que le venga en gana sin importarle los demás. La inmensa mayoría de los ricos sois personas de la peor calaña, incluso más que yo. Ellos mismos dicen que eres un ser despreciable y que, por eso mismo, se niegan a pagar tu rescate. No era mi plan desde el principio, al parecer en vez de ocasionarles algún daño les hice un favor. De hecho, si lees la carta, te darás cuenta de su tremendo descontento hacia tu persona. Y déjame decirte algo: es cierto que me han pagado, pero para que nos deshagamos de ti.

El chico no salía de su asombro y pronto sus ojos se anegaron en lágrimas, las cuales resbalaron por su mejilla y terminaron su trayecto en la hoja dispuesta frente a él. Por otro lado, el demonio se abrió el yukata y sacó una pequeña daga de madera que aún conservaba de aquella época. Nadie se atrevió a arrebatarle dicha arma, no obstante, el demonio se despojó de ella dejándola en las manos de aquel hombre alto, corpulento y desprovisto de cabello que hacía las veces de portero. Haru quedó estupefacto —tanto por la conocida situación como por el comportamiento de Yaichi— y no fue capaz de reaccionar ni de decirle nada, sólo lo observaba al igual que los demás trabajadores que, por curiosidad, se acercaron.

Haz lo que quieras con él —dijo con calma, subiendo lentamente las escaleras para detenerse al lado del chico de cabellos rubios—. Me trae sin cuidado si lo sueltas o lo matas, como ellos quieren. Lo dejo a tu elección, sólo espero que no me decepciones.

Justo cuando mencionó esa última palabra alzó la mirada y observó a Haru para después, marcharse y ser sometido de nuevo a las miradas de miedo y acusación. Evidentemente las ignoró y subió las escaleras con tranquilidad, sin alterarse en ningún momento a pesar de la situación que se le presentó con ese secuestro. Una vez hubo llegado a su habitación, tomó la pipa, la encendió y, como si la vida le fuera en ello, dio una profunda calada, expulsando el humo con tranquilidad.

¿Qué pasó con aquel joven? ¿Fue asesinado? ¿Fue liberado? Eso sólo quedó en conocimiento de aquel hombre y los demás trabajadores. Yaichi se desentendió después de hablar con ese muchacho.
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