Wutanfall

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Wutanfall

Mensaje por Wilhelm Langenheim el Mar Jun 13, 2017 12:26 am

Wutanfall


[…] My weakness is that I care too much
And my scars remind me that the past is real
I tear my heart open just to feel

Enlace entre Näher y Hilfe

Aquel mensaje de su hermano Heinrich en su celular lo había dejado en estado de shock. ¿Un ataque a sus padres en plena luz del día? El rubio se había asegurado de poner a su familia a salvo lejos del peligro que significaba Branislav Petrovic y su gente, pero al parecer no era suficiente. No podía hacer nada más por ellos que rogar porque no murieran. Un nudo en la garganta se había instalado una vez que había dejado a Elk en los jardines, después de clases. Las nauseas no desaparecían, tampoco. m¡3rd@. Su mente estaba nublada, pero no precisamente por el pánico.

Sentía algo más, algo que estaba a punto de estallar.

—Por qué… —susurró sin poder encontrar el camino de vuelta a su habitación. Ni siquiera supo dónde lo guiaban sus pies. Sólo siguió hacia adelante, sin percatarse que había salido de la escuela tal como un m@ld¡t* zombie y tampoco sin fijarse quién se cruzaba por delante—, ¿por qué sigues jodiendo, estúpido idiota malnacido? —dijo en una voz neutral. En cualquier otro momento se hubiera dado una cachetada por decir tales barbaridades y hubiera recuperado la calma sólo con recordar que estaba en otro país y no podía llamar a la policía, pero estaba fuera de sí.

Wilhelm estaba perdiendo el control de sus actos y su mente no tenía filtro alguno. Sufría un cortocircuito, como si fuera una p*t@ máquina.

—¿Acaso no puedes dejarme en paz? —siguió con el monólogo en plena vereda. Muchos de los transeúntes que pasaban a su lado negaban con la cabeza o cuchicheaban entre ellos, pensando que el tipo semejante a un rascacielos había escapado de algún manicomio—. Te odio. Te odio. Te odio. Repudio tu asquerosa cara, todo lo relacionado a ti. Ojalá murieras o te pudrieras en alguna cárcel tercermundista. Ich hasse dich. Verzieh dich! ¿¡qué es lo que hice para merecer esto!? Sólo te dejé para que no me mataran, sólo eso… ¿¡acaso querías que muriera por ti!? Du spinnst! Yo…

De pronto topó con alguien. Estaba en una esquina a punto de cruzar la calle en luz roja. El sujeto que estaba frente a él, de espaldas, se giró y lo increpó por haberlo empujado. Otras personas observaron la curiosa escena: el hombre que estaba gritándole a Wilhelm debía medir apenas un metro y setenta, mientras que el rubio silencioso realmente parecía una condenada muralla de más de dos metros. El alemán estaba absorto con la vista al frente y en un punto imaginario, pero puso su atención a la pulga que estaba chillando. No le entendía nada; había perdido momentáneamente su segunda lengua por haberse dejado consumir por las emociones. La ira.

—¿Qué has dicho? —preguntó Wilhelm ladeando la cabeza y una seriedad ajena a él.
—¿¡Acaso estás sordo, kilómetro parado de m¡3rd@!? —exclamó el otro hombre, un moreno que no debía tener más de veinticinco años—, ¡me empujaste, ahora discúlpate, idiota!
—Sal de mi camino —espetó el rubio, sin poner atención a sus demandas.
—¡No antes que digas que lo sientes y además agradecer porque te salvé la vida! —agregó inflando el pecho—, ¡estuviste a punto de cruzar con luz roja!, ¿¡acaso quieres que te atropellen, pedazo de imbécil!?

Y en los siguientes segundos, el joven tragó el puño de Wilhelm quien no tuvo consideración alguna. La mandíbula de su víctima se desencajó y la fuerza ejercida logró tumbarlo en el concreto; el pobre quedó en el piso chillando de dolor. Algunas personas presentes asistieron al chico, mientras que más de alguno grabó con su celular la paliza. El alemán sólo observó cómo el menor se retorcía. Ni siquiera se inmutó. Miró de soslayo a los que estaban subiendo el vídeo en internet y sólo se acercó a uno, tomó su celular y lo lanzó a la calle, donde un auto pulverizó el aparato con una llanta.

—¡¡Hijo de p*t@!! —gritó el afectado, pero no se atrevió a enfrentarlo. Habían visto de primera mano cómo habían dejado al primero.

Un guardia de un centro comercial cercano se acercó, por lo que Wilhelm hizo lo más inteligente: desaparecer de ahí. Caminó raudo por varias cuadras, hasta que llegó a una parada de bus y tomó el primero que se detuvo. No quería que lo arrestaran por desorden público y manchar su impecable récord. Aquel pensamiento hizo que riera a carcajadas en el asiento, provocando que la atención cayera en él otra vez.

Pronto se bajó.

Estuvo toda la tarde deambulando, intentando que la rabia contra su ex mafioso desapareciera, pero no obtuvo resultados. Regresó tenso a la escuela y se encerró en su habitación, donde tiró abajo su escritorio, pateó una pila de estupideces que tenía acumuladas en un rincón, rompió lo primero que halló. Golpeó nuevamente la pared, aunque esta vez no logró quebrarse los nudillos como la primera vez. De pronto la cara de aquel alumno amargado —que había logrado sacar su enojo embotellado— volvió a su mente y dio otro puñetazo en un mueble, de donde cayeron algunos libros y cuadernos de sus clases. Tuvo ganas de lanzar su computador por la ventana, junto con todas sus pertenencias, pero se abstuvo cuando sintió que llamaban a la puerta. Seguro alguien se quejaría por el ruido que estaba haciendo.

—No pasa nada —dijo en voz alta, ahora sentado en la cama y abrazando su cuerpo. Del otro sólo se escuchó un murmullo que no entendió, pero no insistieron. Suspiró de forma entrecortada y repitió—. No pasa nada, ¿cierto? Sólo exagero, todo está bien… Soy Wilhelm Langenheim, la muralla que se desmorona con un soplido. El idiota que decepcionó a una nación completa al dejar el equipo, al que abuchearon y dejaron solo. Al que intenta reconstruirse en tierras americanas, pero no dejan en paz. Todo está bien. ¿Ves? No soy ningún Superman. Sólo un héroe caído. Un patético intento de héroe, mejor dicho. Todo está bien...

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Escondió su cara entre sus manos y se deshizo en un llanto amargo. Cómo deseaba tener a alguien en ese momento que pudiera darle un abrazo. Recordó al chico pícaro y su beso en los jardines, pero ¿podría brindarle aquello que necesitaba con urgencia en esos momentos? Ni siquiera tenía su número telefónico y no sabía en que habitación alojaba. Además, ¿qué pensaría si apareciera hecho un m@ld¡t* desastre? Seguro lo miraría raro y cerraría la puerta frente a su nariz.

—Tengo miedo —confesó para sí—, ¿y si aniquilan a toda mi familia sólo por una estúpida relación que no debió de haber sido? No puedo confiar… No puedo. Qué hago, m@ld¡t@ sea.

Necesitaba ayuda. No podía seguir comportándose de esa manera cada vez que estaba frustrado. Antes se había jactado de mantener su temple, pero ahora se daba cuenta que todo era una máscara simplona que estaba quebrándose a cada instante. Había golpeado a un desconocido en la calle, ¿qué ocurriría si la próxima vez atacaba a un alumno o un profesor? Peor aún, ¿alguien de la directiva?

Debía controlarse. De alguna manera tendría que buscar esa solución.
avatar
Wilhelm Langenheim
profesor
profesor

Mensajes : 342

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.